Ella tan sólo quería
ser raíz entre cipreses,
escuchar de vez en cuando ese murmullo nostálgico
y ser arropada por el calor anónimo del mármol.
Ella tan sólo quería eso.
El día que sepa escribir no me importará que me leáis. Mientras tanto, tomaros esto como una acumulación de sentimientos.
Ella tan sólo quería
ser raíz entre cipreses,
escuchar de vez en cuando ese murmullo nostálgico
y ser arropada por el calor anónimo del mármol.
Ella tan sólo quería eso.
Porque quizás el secreto sea no tomarse la vida tan en serio.
Porque quizás sea justamente eso lo que no nos deje vivir.
Porque quizás tengamos que ir de sueño en sueño, sin mirar atrás.
Porque quizás debamos olvidar el aroma de ir de fracaso en fracaso.
Porque quizás vivir tan solo es esperar, dejar pasar, y nada más.
Porque quizás todo es tan sucio y feo, que no vale la pena dejar de sonreír.
Porque quizás el miedo es el único que sabía las reglas desde el principio.
Porque quizás —y solamente quizás—, el tiempo nos deje con la palabra en la boca.
No vivo para todo aquello que ellos viven.
Yo tan sólo quiero ser —y soy— ese pensamiento tuyo,
ese que nunca querrás sacar de tu cabeza.
Y eso ya me vale.
Eso es todo lo que necesito saber para seguir adelante.
¿Sabéis cuál es una de las cosas que más me reconforta en esta vida?
Volver a leer algunos escritos o poemas míos de hace ya algunos años, y que todavía me sigan gustando,
y que me sigan proporcionando las mismas emociones que cuando los escribí.
Llamadme loco, pero cada loco, como cada cuerdo, tiene una historia,
y la mía descansa entre hojas arrancadas, libretas abarrotadas, discos duros, blogs perdidos
y en algunos corazones que, por la razón que sea, decidieron pasear su tiempo junto a mis vivencias.
Bona nit,
y olvidaros de las musas: no existen; son la excusa del que nunca ha vivido.
Me empequeñecen los que no necesitan sentir para escribir.
Los odio, los admiro; los mataría si sirviera para algo.
No concibo esa forma de rellenar hojas y hojas sin sangrar;
me parece imposible, a veces incluso una especie de farsa.
Pero, realmente, creo que tan solo es pura envidia.
Mira, todo pasó ya.
El infierno no era tan malo como lo pintaban.
Las aceras se visten de sombras de árboles centenarios,
y nosotros aquí, matando el tiempo.
Al final no íbamos tan mal encaminados
cuando pensábamos en acabar juntos con todo esto.
Bésame,
que escuchen el sucio sonido
que provoca el enfrentamiento de nuestros labios.
La vida es
algo entre tú y yo,
y el tiempo que nos queda.
Y que se pudran los angelitos y sus arcos.
Para mañana,
lo de siempre:
un par de minutos, cientos de horas,
miles de miradas,
y el consuelo de saber
que nunca sobran las palabras.
Es esa sonrisa tuya,
la única capaz de pararlo todo.
Hasta las nubes piden perdón por moverse.
Capaz de devastar una ciudad entera a su paso,
sin hacer ruido, dejando tan solo polvo.
Capaz de tragar todo ese humo que ciega a deshoras,
transformándolo en oxígeno puro.
Y la única capaz de decirle al mismísimo Ave Fénix
que hoy, de sus cenizas,
no renace ni Dios.
Porque quizás nunca pretendimos ser héroes;
tal vez solo quisimos ser el protagonista
de nuestro último episodio.
Pedimos el mismo deseo a la vez,
rodeados de hijos de puta.
Clavamos nuestras miradas en la guerra de te quieros
que libraron tu boca y la mía.
Ya está todo sellado, firmado y olvidado.
Los casquillos en el suelo nadan en sangre aún caliente,
y si las paredes hablaran, también tendrían que morir.
El amor no va de poemas, ni corazones, ni puestas de sol.
El amor es algo más sucio: es a quemarropa y siempre duele,
y solo así, con ese dolor, podemos afirmar que seguimos vivos.
Y ahora, que sigan nuestro rastro:
dejamos alma y sudor sobre la cama, la ducha, el sofá,
la cocina, el pasillo…
Vuelven como vuelven los fantasmas del pasado,
sin avisar, como desarraigados buitres
al acecho de una pizca de felicidad o amistad que nos sobre.
Vuelven como vuelve el niño
que sabe que fue él quien rompió el juguete.
Vuelven guiados por la conciencia del egoísmo,
vuelven sin haberse mirado primero a ellos mismos.
Vuelven, pero llegan tarde: ¡yo ya me fui!
Los oídos ciegos
desangrándose por los ojos.
Música violada, mutilada,
te dejan morir a través de las ondas,
y nadie rompe el cielo.
Y ahora siempre es lo mismo:
diferentes sombras de un mismo sol,
código de barras sin emociones,
siluetas perfectas que ahora cantan,
que ahora juegan con canciones.
Imaginación encarcelada:
se prohíbe soñar despierto.
Supermercados musicales sin corazón,
y al fondo del pasillo bajo la luz roja,
miles de discos mueren en un cajón.
La rabia nos la dieron para gritar,
para despertar sin miedo,
para dejar de morir de nuevo.
La radio silba en su locura,
deshojando recuerdos, sin luz a oscuras.
Las miradas caen al suelo,
son pisoteadas y barridas por dinero.
La ilusión se ahogó en su llanto.
Ahora los acordes siempre nacen tristes,
ahora las canciones ya no son de sangre.