Permanezco,
ausente, distraído,
quizás en otro espacio-tiempo,
pero permanezco.
Es difícil encontrar
cuando dejas de buscar;
es difícil acomodar.
Sigo vivo, de lejos,
incluso no parezco herido.
Todo puede salir mal
si dejas de intentar.
El día que sepa escribir no me importará que me leáis. Mientras tanto, tomaros esto como una acumulación de sentimientos.
Permanezco,
ausente, distraído,
quizás en otro espacio-tiempo,
pero permanezco.
Es difícil encontrar
cuando dejas de buscar;
es difícil acomodar.
Sigo vivo, de lejos,
incluso no parezco herido.
Todo puede salir mal
si dejas de intentar.
Es invisible, desgraciadamente impredecible.
¿La cruzamos? No tenemos ese poder, somos unos mandados.
Entonces, ¿a qué jugamos?, ¿qué esperamos?
Quizás lo mejor que podemos hacer es olvidarnos ciegamente de su existencia, quedando a la espera de que ella misma se presente llamando a la puerta.
Que lo hará, porque eso es inevitable.
Nada dura para siempre; eso, créeme, es fundamental asimilarlo.
Acéptalo o no podremos avanzar.
Sabemos que tras la línea podemos ver toneladas de amores destrozados, desencantos, desilusiones y mucha muerte.
Porque todos mueren, todos morimos.
Y me preguntas por qué te cuento todo esto ahora, precisamente ahora.
Pues porque es el mejor momento de nuestras vidas, y sin ninguna duda, el mejor momento para asimilar toda esta mierda.
Así que, como siempre hacemos, juguemos, y que el transcurrir de los días marque las reglas.
Y sonríe, ella siempre sonríe.
Todas las mañanas acude a su cita con mi pequeño conflicto existencial,
más derrotado y muerto cada día,
pero acude, ella siempre acude.
Es una especie de magia, una sensación;
es la tranquilidad que da el saber que no todo tiene que salir mal.
Porque el sol siempre acaba saliendo,
por muy tímido que se vista,
y ella, ella sabe estar ahí para acompañarlo.
Y sonríe,
ella siempre sonríe.
Ella tan sólo quería
ser raíz entre cipreses,
escuchar de vez en cuando ese murmullo nostálgico
y ser arropada por el calor anónimo del mármol.
Ella tan sólo quería eso.
Porque quizás el secreto sea no tomarse la vida tan en serio.
Porque quizás sea justamente eso lo que no nos deje vivir.
Porque quizás tengamos que ir de sueño en sueño, sin mirar atrás.
Porque quizás debamos olvidar el aroma de ir de fracaso en fracaso.
Porque quizás vivir tan solo es esperar, dejar pasar, y nada más.
Porque quizás todo es tan sucio y feo, que no vale la pena dejar de sonreír.
Porque quizás el miedo es el único que sabía las reglas desde el principio.
Porque quizás —y solamente quizás—, el tiempo nos deje con la palabra en la boca.
No vivo para todo aquello que ellos viven.
Yo tan sólo quiero ser —y soy— ese pensamiento tuyo,
ese que nunca querrás sacar de tu cabeza.
Y eso ya me vale.
Eso es todo lo que necesito saber para seguir adelante.
¿Sabéis cuál es una de las cosas que más me reconforta en esta vida?
Volver a leer algunos escritos o poemas míos de hace ya algunos años, y que todavía me sigan gustando,
y que me sigan proporcionando las mismas emociones que cuando los escribí.
Llamadme loco, pero cada loco, como cada cuerdo, tiene una historia,
y la mía descansa entre hojas arrancadas, libretas abarrotadas, discos duros, blogs perdidos
y en algunos corazones que, por la razón que sea, decidieron pasear su tiempo junto a mis vivencias.
Bona nit,
y olvidaros de las musas: no existen; son la excusa del que nunca ha vivido.
Me empequeñecen los que no necesitan sentir para escribir.
Los odio, los admiro; los mataría si sirviera para algo.
No concibo esa forma de rellenar hojas y hojas sin sangrar;
me parece imposible, a veces incluso una especie de farsa.
Pero, realmente, creo que tan solo es pura envidia.
Mira, todo pasó ya.
El infierno no era tan malo como lo pintaban.
Las aceras se visten de sombras de árboles centenarios,
y nosotros aquí, matando el tiempo.
Al final no íbamos tan mal encaminados
cuando pensábamos en acabar juntos con todo esto.
Bésame,
que escuchen el sucio sonido
que provoca el enfrentamiento de nuestros labios.
La vida es
algo entre tú y yo,
y el tiempo que nos queda.
Y que se pudran los angelitos y sus arcos.
Para mañana,
lo de siempre:
un par de minutos, cientos de horas,
miles de miradas,
y el consuelo de saber
que nunca sobran las palabras.